Deja que todo se caiga
- Bediwa

- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
La inevitable necesidad de querer arreglarnos y pensar que algo está mal con nosotros cuando nos sentimos tristes, derrotados, cansados, decepcionados ….. como humanos nos da miedo sentir todo esto porque tenemos la costumbre de querer arreglarnos, de controlar, de exigirnos, incluso cuando todo duele, cuando no ves señales claras, cuando pides, trabajas, empujas y parece que nada se mueve, porque nos cuesta estar en esa incomodidad. Crecimos con la idea de que siempre tenemos que estar bien. Que debemos encontrar respuestas, soluciones, sentido. Que no podemos permitirnos caernos.
Hoy realicé un proceso de cacao, y mi corazón se abrió. Cuando digo que el corazón se abre no me refiero a que solo se abra de manera siempre amorosa, aveces se abrirá para soltar tensiones, acumulación emocional, sensaciones.
Y es que cuando te has entrenado para no sentir probablemente todo esto te suene como algo nuevo o ni siquiera logras percibirlo.
Hoy el cacao no me llevó a un lugar “bonito”. Me llevó a un lugar real. Me mostró mi cansancio, mi fatiga por empujar tantas cosas en mi vida. Ese agotamiento silencioso que se acumula cuando haces, haces y haces… sin parar a escucharte.
Y mi primera reacción fue automática: querer arreglarme.
Pensé: ¿no se supone que esto debería sentirse bien?
Pero hoy entendí algo distinto. Abrir el corazón no siempre se siente bonito. A veces se siente incómodo. A veces se siente crudo. Y eso también está bien.
También está bien sentirte no bien.
El cacao no vino a arreglarme. Vino a desarmarme un poco. A quitar capas, a bajar el ritmo, a hacer espacio para escuchar lo que realmente estaba pasando dentro de mí. Como si algo interno dijera: hey… también está bien saturarte. También está bien parar.
Nos cuesta tanto estar en la incomodidad. Queremos salir rápido de ahí. Queremos entender, resolver, transformar, sanar… ya. Pero, ¿y si la incomodidad no es algo que hay que evitar? ¿Y si es, en realidad, una puerta?
Hoy mi cansancio no vino a pedirme más esfuerzo. Vino a invitarme a mirar diferente. A dejar de hacer, a dejar de empujar, a dejar de intentar cambiarme todo el tiempo. Y, por un momento, simplemente sentir. Sin arreglar absolutamente nada.
Vivimos buscando magia en rituales, prácticas, herramientas… pero pocas veces reconocemos que hay una magia profunda en algo mucho más simple: quedarte. Sentarte con lo que hay. Respirar en medio del caos interno. No huir.
Para mí, eso también es magia.
Hoy me permití sentir. Llorarlo. Reconocerlo. Sin prisa, sin juicio.
Y entonces algo se acomodó dentro de mí. Una frase clara, directa, inevitable:
Deja que todo se caiga.
Deja que se caigan los planes. Deja de luchar. Deja de querer ser perfecta. Deja que la casa se ensucie. Deja que los proyectos se pausen. Deja que el maquillaje corra. Deja que el cuerpo descanse.
Déjalo todo.
Curiosamente, estoy leyendo un libro titulado Let Them… — “Déjalos”. Y me doy cuenta de que lo que más miedo me daba no era el cansancio. Era soltar.
Soltar mi identidad. Soltar lo que había construido. Soltar mis planes, mis ideas, mis expectativas.
Dejar que todo eso se caiga da miedo. Da coraje. Da incluso rabia.
Pero también hay algo más ahí.
Dentro de esa incomodidad, de ese caos, de ese dejar caer… también hay fuego. Y tal vez ese fuego no está ahí para destruirte. Tal vez está ahí para transformarte. Para crear algo nuevo. Para moverte desde otro lugar. Para hacer alquimia.
La buena noticia es que la vida no se detiene. Cada día vuelve a salir el sol. Cada día es una nueva oportunidad. No para hacerlo perfecto, no para tener todo resuelto, sino para empezar de nuevo, desde otro lugar.
Tal vez no necesitas arreglarte tanto. Tal vez no necesitas cambiar todo lo que eres.
Tal vez… solo necesitas escucharte.
Y permitirte estar, incluso cuando no es cómodo.
Porque quizá, en medio de todo esto, hay una verdad más profunda:
lo que realmente eres… no se puede caer 🤍




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