Juego. Sensualidad. Vida
- Bediwa

- hace 2 días
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Siempre he creído que el juego es una parte esencial de la vida. El juego nace de la curiosidad, y la curiosidad es la antesala del deseo. El deseo entendido no solo como algo erótico, sino como ese impulso vital que nos mueve hacia la vida, hacia aquello que da sentido a la materia y a la experiencia de estar vivos.
El juego es la sanación de la rigidez. Nos conecta con el gozo, la risa, la improvisación, los momentos absurdos, las conversaciones ligeras, la seducción. Jugar es bailar con la vida, fluir con ella, seducirla suavemente.
Pero, ¿en qué momento perdemos la capacidad de jugar?
Vivimos en un mundo saturado de estímulos externos. A eso se suman la educación, las creencias y los condicionamientos que, muchas veces, nos enseñaron a reprimir deseos más que a abrirnos a la experiencia. La capacidad de juego y seducción nace —y se sostiene— en la conexión con el cuerpo, en la autoaceptación y en el amor propio.
Durante la pandemia, alrededor de 2020, viví un reencuentro profundo conmigo misma. Tuve el regalo de pasar seis meses viviendo sola, con muy poco estímulo externo. Fue ahí donde conecté de una manera íntima y amorosa con mi cuerpo, con mi respiración, con todo mi ser. Me sentía creativa, intuitiva, curiosa. Al mismo tiempo, estaba en mi lugar seguro, independientemente de lo que el mundo exterior parecía mostrar. Decidí mirar hacia adentro en lugar de buscar afuera.
Comencé a abrirme y a “coquetearle” a la vida. Despertó una curiosidad genuina, un interés profundo por mi propio sentir. Me permití improvisar, jugar, hacer cosas para mí y por mí. De ahí brotó mi sensualidad.
Mi forma de relacionarme cambió por completo: conmigo misma y con los demás. Empecé a expandirme hacia la vida.
Porque la vida es cíclica. Hay momentos en los que nos invita a ir hacia adentro y otros en los que nos pide expansión. La vida misma es contracción y expansión. Después de ese reencuentro vinieron cambios más profundos. Y no toda transformación se vive en tonos suaves: a mayor consciencia, la vida muestra nuevas capas, creencias por limpiar, heridas por transformar. Cada proceso trae su propio ritmo de contracción y expansión.
Hubo un periodo de pausa. Algo dentro de mí se estaba gestando de una forma distinta. La intensidad no desapareció: se volvió más verdadera. Quizá ya no gritaba tanto, pero sostenía más.
En ese umbral me pregunté en dónde había quedado el juego, la improvisación, la fluidez, el magnetismo, la sensualidad, ese fuego interno. Con el tiempo comprendí que no se había ido ni lo había perdido en ninguna relación. Ese fuego seguía dentro de mí, solo aprendía a expresarse de otra manera: a hervir sin quemarse.
Y esto no se limita a la sensualidad o a la sexualidad. Es una forma de vivir. El juego y el arte de la seducción son una manera de hacer el amor a la vida.
Mi última relación fue profundamente improvisada y fluida. Nada se forzó. Vivimos desde el juego, desde la emoción de dejarnos sentir, de habitar el momento presente. Tal vez no siempre fuimos los más “responsables” en términos racionales, pero fueron esos momentos simples —las risas, el juego, la improvisación— los que dieron sentido. Eso no significa vivir sin cuidado, sino permitirse sentir y vivir con presencia.
Hoy, en una meditación, apareció una imagen clara: Berenice enamorada de la vida. Sonriente, llena de vigor, agradecida. Y entendí que esto no lo provoca otra persona. Se vive desde adentro para luego compartirlo. Primero juegas tú con la vida.
Porque siempre ha sido seguro disfrutar.
Si hoy no has conectado con tu versión juguetona, pregúntate:
¿Cómo se mueve en el mundo tu versión enamorada de la vida?
¿Cómo camina, cómo habla, cómo mira?
¿Qué permiso se da?
Casi siempre, esa versión habita más en el cuerpo que en la mente. Juega más. Se muestra más. Se protege menos.
La verdadera seducción no es hacia el otro. Es hacia la vida.




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