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Tribu. Familia. Colectivo. Compartir.

  • Foto del escritor: Bediwa
    Bediwa
  • 6 ene
  • 3 Min. de lectura

Estas épocas decembrinas que recién vivimos tienen, para mí, un significado profundo desde que era niña. Siempre representaron unión familiar, calidez, calor de hogar. Mesas grandes con comida rica, risas compartidas, sostén, diversión.


Siempre me sentí profundamente afortunada porque, a pesar de tener padres divorciados, siempre tuve una relación especial y amorosa con mi familia, especialmente con la cabeza de mi linaje materno: mi abuela. Una gran mujer que, a pesar de haber sido huérfana y provenir de un origen muy humilde, siempre recibió a cada persona con los brazos abiertos en su hogar. Mi abuela, más allá de sus historias, creencias, vivencias y miedos, tuvo siempre el corazón disponible para compartir amor.


Hoy, estas fechas navideñas siguen representando para mí esa unión y ese calor de hogar. Casi todas mis navidades las he pasado al lado de mi familia, con excepción del 24 de diciembre de 2020. Fue la primera Navidad que pasé sola. Me arreglé, cociné, abrí un vino y celebré. Fue distinto, pero también fue bello. En plena pandemia decidí no viajar para proteger a mi madre y a mi abuela.


Pero este artículo lo escribo no tanto para hablarte de las fechas decembrinas, sino de algo más profundo: la importancia de la tribu y la familia a nivel individual. Existe un dicho que afirma que dos sistemas nerviosos sobreviven mejor que uno solo. Estudios confirman que parte de la longevidad humana está directamente relacionada con la calidad de las relaciones que cultivamos, con la tribu que construimos.


Durante muchos años de mi vida asocié la independencia con vivir sola. Asocié el ser una mujer exitosa e independiente con la soledad. Incluso encontré una hoja que escribí a los 16 años donde describía cómo me visualizaba a los 30… siendo independiente económica, profesionalmente, y viviendo sola en un hermoso apartamento. No sé en qué momento mi niña-adolescente construyó esa idea, pero estoy segura de que muchas mujeres también lo han hecho. Quizá influenciadas por la imagen de éxito o de independencia que se nos ha vendido. Y no, no está mal vivir sola; de hecho, me atrevería a decir que toda persona debería atravesar esa experiencia al menos una vez en la vida, para conocerse mejor, para escuchar sus necesidades y profundizar en la relación con uno mismo.

Pero hoy puedo decirlo con absoluta claridad: el éxito no tiene por qué sentirse en soledad.


Gran parte de mi vida estuve en pareja y desde hace algunos años me encuentro soltera. Hoy, desde un lugar mucho más honesto, reconozco que mi alma anhela el compartir. Existe un deseo profundo de encuentro, en pareja y en comunidad. Y estoy segura de que ese deseo proviene de algo que mi alma ya conoce, que ya vivió, que sabe que es posible.


Somos seres sociales por naturaleza. Venimos en grupos de almas. Y generalmente, cuando atravesamos procesos profundos de transformación, todo nuestro entorno también cambia: amistades, relaciones, vínculos. Es ahí donde muchas veces aparece una sensación de soledad. Y es completamente válido reconocerla. No significa que te estés volviendo más exigente o más difícil; significa que estás cambiando. Cuando tú cambias, todo a tu alrededor evoluciona. No es quisquillosidad, es consciencia. Es reconocer tu necesidad humana de conexión.


Después de vivir algunos años soltera y de experimentar relaciones más pasajeras, hoy mi alma tiene algo claro: anhela compartir la vida en pareja desde un lugar auténtico y consciente, y también abrir espacio a nuevas amistades, a una tribu cercana que resuene con esta nueva versión de mí que está emergiendo. Sí, las relaciones a veces se vuelven complejas. Pero no se trata de huir de ellas. Cuando la consciencia se vuelve más presente en tu vida, el camino no es escapar, sino aprender a estar. Estar presente sin reaccionar. Cultivar la ecuanimidad. Valorar y atesorar esos momentos profundamente nutritivos que solo la tribu y las relaciones humanas pueden ofrecernos.


Porque al final, compartir también es una forma de sanar. Y la tribu… también es hogar.



 
 
 

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