Encontrar ilusión en la incertidumbre
- Bediwa

- hace 15 horas
- 2 min de lectura
Desde que tenía nueve años escribo.
Siempre he amado las palabras, la cultura, el arte y las distintas formas de expresión que tenemos como seres humanos. Hay algo profundamente transformador en el arte. Cuando conectas con una obra, dejas de ser únicamente un espectador y te conviertes en un observador. Por un instante sales de la historia que cuentas sobre ti mismo para simplemente contemplar.
Algunas filosofías espirituales, como el budismo, hablan de la importancia de no identificarnos por completo con el ego, de recordar que somos mucho más que la identidad que construimos. Y, curiosamente, eso mismo hace el arte.
El arte nos lleva de lo pequeño a lo inmenso. Nos permite mirar más allá de nuestra propia existencia y encontrar, en una pintura, un poema, una melodía o una fotografía, algo que nos conecta con una experiencia mucho más grande que nosotros.
Me parece fascinante que tengamos esa capacidad.
Porque cuando la atención deja de estar completamente puesta en nosotros, el horizonte cambia. Lo que parecía un problema absoluto encuentra una nueva perspectiva. Y, por un instante, la vida se vuelve un poco más lúcida.
Quizá por eso hoy necesitaba escribir.
Después de meses —o quizá años— intentando, tocando puertas, construyendo proyectos, sembrando sueños y aprendiendo a sostener la incertidumbre, mi cuerpo y mi alma sintieron agotamiento.
Hay una parte del proceso de crear una vida que pocas veces compartimos. Esa etapa silenciosa donde las semillas ya fueron sembradas, pero todavía no vemos los frutos. Ese espacio donde inevitablemente aparece la pregunta:
¿Cuándo llegará el momento de florecer?
Y mientras esperas, habitas un territorio extraño.
Hay silencio.
Hay vacío.
Hay ruido.
Hay esperanza.
Hay miedo.
Hay dudas.
Hay posibilidades.
Todo convive al mismo tiempo, como ocurre durante la gestación de una semilla antes de convertirse en flor.
En medio de ese proceso descubrí algo.
A veces no es el cansancio lo que más pesa.
Lo que más pesa es dejar de sentir ilusión.
Porque la ilusión tiene una manera muy particular de habitar el cuerpo. Nos devuelve la curiosidad, la energía, las ganas de crear, de imaginar y de seguir caminando. Y perderla, aunque duela, también es profundamente humano.
La incertidumbre no solo pone en pausa nuestros planes.
A veces también pone en pausa nuestra capacidad de ilusionarnos.
Y cuando eso ocurre, confundimos la falta de ilusión con la falta de propósito.
Entonces creemos que necesitamos cambiar de ciudad, de trabajo, de pareja o de vida, cuando quizá la pregunta más honesta sea otra:
¿Cómo puedo devolverle un poco de ilusión a mi vida, incluso aquí, donde estoy?
No cuando todo se resuelva.
No cuando llegue la respuesta.
No cuando desaparezcan los problemas.
Ahora.
Porque incluso en los momentos más inciertos puede volver a nacer la ilusión.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de esperanza.
Al final, la vida no siempre nos pide tener todas las respuestas. A veces solo nos pide seguir encontrando pequeñas razones para volver a sentirnos vivos.
Hoy quiero dejarte una pregunta.
No para que la respondas de inmediato, sino para que la habites con calma.
¿Qué podría devolverle un poco de ilusión a tu vida, exactamente donde te encuentras hoy?




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